Naufrago en tus labios, lo hago voluntariamente y en plena conciencia.
Decido habitarlos y convertirlos en mi vínculo con la paz... con el silencio.
Me arropo entre tus dedos, para sentirme tranquila, como la lluvia a cuenta gotas.
Como aquella mañana de persianas amarillas, cobijada entre tus piernas.
Como aquél amanecer de aliento en tu pecho.
Me derramo en tu cadera, de ilusiones y joyería, que conozco tan bien como tus dientes.
Respiro en tus ojos que saben bien cómo mirarme, buscando mi espíritu tras el cristal.
Tomo la iniciativa, y bailo con tus cabellos cuidadosamente colocados en rebeldía.
No dices nada, sólo sonríes.
Como cada noche que nos convertimos en cómplices de secretos sin edad
Cuando nos levantamos en armas contra nuestro mismo temor... aunque sea por unos minutos.
Me detengo en tus historias, con tono grave y seriedad absolutista.
Quiero mover todas las piezas para que llegues a ser quien siempre has deseado.
Te respiro libre y me descubro solitaria, peleando contra mis estructuras y entendiendo
que tu "te quiero" está en cada minuto que pasamos juntos y no en palabras.
Me olvido de los cimientos fracturados y construyo desde cero,
completamente segura de que dormiría a tu lado todas las noches que le quedan al mundo.
Aunque sea sólo un rato.
Porque es de verdad.
11.23.2011
8.09.2011
6.26.2011
Epifanía
Todo era vértigo desenfrenado de sudor y golpes en las bocinas
El vacío se apoderó de mis ojos, como atrapándome.
La ansiedad galopaba por mis venas, haciéndome querer salir corriendo,
sin mirar atrás, por esas calles húmedas que parecen de metal: Reforma, medianoche.
Frente a mí, el pasaje que necesitaba para llegar al cielo.
No dudé un segundo, ni siquiera titubeé.
Y las paredes se volvieron de algodón.
Todo era color rosa, de un tono perfecto, casi creado a mano para ese momento.
Un halo plateado me cubría, me recordaba que alguna vez fui querida.
Y ahí, frente a mí, estabas parado.
Lucías radiante, como la primera vez que te vi, con una inmensa sonrisa y los ojos profundos.
Me miraste durante mucho tiempo, contemplándome en toda mi decadencia.
Te acercaste a mí, me dijiste que me querías.
Tomaste mi mano...
y me besaste, lento, con un suspiro... como antes.
Me abrazaste muy fuerte y dijiste que no me dejarías ir, de nuevo.
Me sentí completa.
Y el efecto terminó.
El vacío se apoderó de mis ojos, como atrapándome.
La ansiedad galopaba por mis venas, haciéndome querer salir corriendo,
sin mirar atrás, por esas calles húmedas que parecen de metal: Reforma, medianoche.
Frente a mí, el pasaje que necesitaba para llegar al cielo.
No dudé un segundo, ni siquiera titubeé.
Y las paredes se volvieron de algodón.
Todo era color rosa, de un tono perfecto, casi creado a mano para ese momento.
Un halo plateado me cubría, me recordaba que alguna vez fui querida.
Y ahí, frente a mí, estabas parado.
Lucías radiante, como la primera vez que te vi, con una inmensa sonrisa y los ojos profundos.
Me miraste durante mucho tiempo, contemplándome en toda mi decadencia.
Te acercaste a mí, me dijiste que me querías.
Tomaste mi mano...
y me besaste, lento, con un suspiro... como antes.
Me abrazaste muy fuerte y dijiste que no me dejarías ir, de nuevo.
Me sentí completa.
Y el efecto terminó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)