10.01.2010

Brindo por ti

Con un trago de whiskey inició nuestra historia. ¡Qué lugar tan común!
Temblaba cada uno de mis huesos con la sola idea de verte otra vez.
No era que tuviera miedo de ese primer encuentro, no temía al dolor.
Me invadía esta energía paralizante, una torpeza, una ruptura interna, un nuevo camino.
Y nunca te lo dije, lo siento, pero siempre he vivido anacrónicamente pensando en ti.

Con un trago de margarita, en un bar de mala muerte, confesé mi pecado.
Juré, en nombre de todos los poetas malditos, que no te volvería a ver.
¿En qué me convertiría?
Pero la promesa se hizo conjuro, traicionando mis designios.
Y los días fueron retorciéndose, mimetizándose, derramándose sin que pudiera ejercer algún control.

Con un trago de vodka, tomé aire para soportar el dolor de la aguja en mi piel.
Como había profetizado desde niña, habría testimonio oculto.
Y todos esos sueños de ojos abiertos mirando por la venta aterrizaron.
E inició un juego del que no hallaría cómo evadir responsabilidades.
Del que cínicamente decidiría ser engrane-esencia.

Con un trago de mezcal enfrenté el miedo de verdad. Dudar, especular.
10 días que se hicieron 16, que se hicieron 22, que se hicieron 23 noches sin dormir.
23 noches que oculté debajo de mi cama, bien escondidas para que nadie las pudiera ver.
23 noches…
sola…
callada.

Con un trago de cerveza cumpliste uno de los sueños de toda mi vida.
Con riffs y solos de guitarra, luces intermitentes, melenas enfurecidas, como el alma.
Tus manos, mis caderas, cantos de guerra, y miles de testigos que podían confirmarlo.
Ese día era completamente de ti.
Ingenuamente de ti.
Ilusamente de ti.
Infantilmente de ti.
Impulsivamente de ti.

Con un trago de brandy volví a confesar, ahora tenía un nuevo pecado.
Me había convertido en lo que nunca quise ser.
Y fui lo suficientemente cobarde para no decir algo, para continuar, para no enfrentar lo que era inevitable, durante todo un año.
Fui lo suficientemente inmadura para negar posibilidades y seguir escribiendo mi balada ochentera de traiciones…
Para pedirle a los espíritus una noche más…
Una vez más…
Una vez más…
Una vez más…


Y escribo la sinopsis de entrañas…
Ese beso.
Ese lugar.
Esas canciones.
Ese sillón.
Ese beso.
Esa alfombra.
Ese sabor.
Ese concierto.
Ese desgarre.
Ese silencio.
Esa aventura.
Ese beso.
Esa comodidad.
Ese poema.
Esa charla.
Ese puto beso.
Ese secreto.

“Me quiero casar”, dijiste.
“Derecha la flecha”, aseguraste.
“¿Eso me vuelve ruin?”, preguntaste.

Tuve una epifanía en la que, correctamente y valientemente, me confrontaba contigo y te decía la verdad.
Y la dejé desvanecer…

Alguna vez traté, juro que traté de decirlo,
pero te tenías que ir.

Por eso, con un trago de café, una mañana cualquiera, tengo una revelación que hacer:
¿En qué me convertí?
Siempre he vivido anacrónicamente pensándote.
Siendo infantilmente de ti.
Del que cínicamente decidí ser engrane-esencia.
¡Qué lugar tan común!
Y seguí escribiendo mi balada ochentera de traiciones…
Una vez más…
sola…
callada.

Fallé.
Ya no me podré volver a acostar contigo, porque te quiero.